La promesa de la guerra total y el pospetrismo
Petro tendrá una presencia permanente en la política y será mucho más que un felino opositor al Gobierno, pues movilizará en las calles a su electorado, copará la agenda mediática y las redes sociales, y defenderá su legado.
Por: Hubert Ariza*. - En Colombia la política no se vive, se sufre, y los protagonistas viven atrincherados en aparatos políticos, narrativas e ideologías. La polarización es el sello de un país en el que el odio y la desinformación dominan las redes sociales y la Inteligencia Artificial es el gran dominador de la voluntad de la mayoría de los votantes.
En un país en permanente ebullición social, presencia de organizaciones armadas ilegales y narcotráfico, el péndulo se ha movido, históricamente, entre la guerra y la paz. Hoy, como hace unas décadas, regresa la promesa de la victoria militar al enemigo interno. Ese es el futuro que se ofrece como medicina a los males que aquejan a la nación.
La narrativa de hoy, del presidente electo, Abelardo de la Espriella, es su liderazgo para lograr el triunfo militar sobre las guerrillas comunistas. La puerta del diálogo está cerrada, la vigencia de los acuerdos de paz está amenazada, mientras se anuncia el fin de la Justicia Especial para la Paz y el cierre de las Consejerías de Paz, Derechos Humanos y la Unidad para la Implementación del Acuerdo de Paz. Sin embargo, desmontar los acuerdos parece un imposible, gracias al blindaje constitucional de lo pactado. Se necesita mucho más que voluntarismo, aplausos y saludos a la bandera. Sobre todo, teniendo minoría parlamentaria y la presión de la comunidad internacional. Los acuerdos de paz están firmes en la Carta y se firmaron para cumplirse.
La guerra total es la receta que ofrecieron presidentes como Guillermo León Valencia y Julio César Turbay, en el siglo pasado; y Álvaro Uribe, durante dos mandatos consecutivos, en el período 2002-2010. Todos fracasaron. Aunque perdieron la batalla política desde su surgimiento en la década de los sesenta, las FARC se hicieron más fuertes en la Colombia profunda con cada bombardeo. La represión estatal y violación sistemática de los derechos humanos alimentó la pretendida narrativa revolucionaria, que buscó apropiarse de los liderazgos sociales y opacar a la sociedad civil.
Ya antes, en 1998, el conservador Andrés Pastrana había pactado con las Farc, que lo traicionaron y dieron vida a la leyenda revanchista de Álvaro Uribe. Durante ese período, las FARC resultaron debilitadas, pero no derrotadas en el campo militar.
Luego llegó al poder Juan Manuel Santos, heredero de Uribe, quien lo traicionó y sacó las llaves de la paz del fondo del mar para negociar y hacer posible lo que nadie pudo en sesenta años: desmovilizar a las FARC en una mesa de negociaciones. Los acuerdos de 2016, sin embargo, no trajeron paz en la sociedad, sino que agudizaron la polarización. El plebiscito por la paz partió a Colombia en dos partes casi idénticas. Una división que aún subsiste y se agudiza sin que nadie encuentre la fórmula para reconciliar al país. Ya ni el fútbol nos une. Hasta la camiseta de la Selección Nacional se volvió tema de discordia.
Después de ocho años de Santos, llegó Iván Duque, apadrinado por Uribe. En ese cuatrienio, el estallido social y el manejo de la pandemia consolidaron la candidatura de Gustavo Petro, quien, como presidente, intentó sin éxito un proceso de paz total. La traición del ELN y las disidencias a la oferta estatal de negociación dio fuerza a una oposición de extrema derecha que logró, con la ayuda de la Inteligencia Artificial y la desinformación, revivir el odio a las FARC, posicionar la narrativa de que el país se le había entregado a esa organización criminal y que Iván Cepeda era el candidato de la guerrilla y la corrupción.
Los casi 13 millones de colombianos que hicieron presidente a Abelardo de la Espriella votaron contra las FARC y contra Petro. Estamos, otra vez, en 2002, en una cruzada estadounidense contra el comunismo, tal y como ordena la Nueva Estrategia de Seguridad, justo cuando la nación se halla ad portas de asumir una subordinación total a Estados Unidos, con una Fuerza Pública que tendrá prelación en las decisiones del Ejecutivo, comenzando con la posesión presidencial en una guarnición militar.
En estos tiempos de efervescencia es bueno recordar el discurso del presidente Alberto Lleras Camargo, en el Teatro Patria, del 9 de mayo de 1958, que fijó límites a los militares, como la no deliberación política, ni injerencia en los asuntos civiles, para garantizar la democracia y la unidad nacional, y fortalecer las instituciones.
Entre la aguda polarización, la entronización de una nueva derecha más radical, el marchitamiento del uribismo y el retorno a la militarización de la agenda política, con el apoyo de Trump, surge la pregunta de qué sigue para Petro, quien entregará el poder pacíficamente el 7 de agosto, sin reconocer a su sucesor, con una popularidad cercana al 50% y con 12.708.712 votos en el bolsillo.
Es prematuro hablar del pospetrismo, porque el petrismo encarna una fuerza política con hondas raíces en amplios sectores de la población, que avalan su liderazgo e ideología.
La aguda polarización encuentra, además, a Uribe defendiéndose como un gato en una piscina, para no ahogarse en medio de los ataques de la militancia de la patria milagro. Con 17 senadores no es un jugador al que la ultraderecha pueda arrinconar, ni mandar a cuidar caballos. Sigue vivo y actuando con absoluto pragmatismo. Su alianza con el Pacto Histórico, para la elección del presidente del Senado, Honorio Henríquez, demostró que en política todo es posible. Y que viejos enemigos pueden unirse para frenar un adversario común, aplicando el viejo adagio de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo.
A diferencia de otros mandatos, el fin del Gobierno no es el fin del petrismo, sino una transformación hacia la oposición, en cuyo proceso le resulta vital consolidar el Pacto Histórico como una fuerza moderna, democrática y popular, capaz de canalizar el electorado hacia la reconquista del poder en 2030.
La oposición en el Congreso, en alianza con el Centro Democrático y otras fuerzas, como el Partido Verde, será un escenario de revitalización de la democracia y equilibrio de poderes. El Gobierno entrante tendrá, a su vez, que jugársela a fondo para lidiar, con tan solo tres parlamentarios propios y una sumatoria de senadores de partidos tradicionales ansiosos de burocracia, con el bloque mayoritario del petrismo y el uribismo, que serán mucho más que abejas y jaguares picando y mordiendo al Ejecutivo en la selva del Legislativo. Saltarse el Congreso no parece una buena idea.
Petro tendrá una presencia permanente en la política y será mucho más que un felino opositor al Gobierno, pues movilizará en las calles a su electorado, copará la agenda mediática y las redes sociales, y defenderá su legado. Uribe, a su vez, está obligado a hacer oposición para garantizar su supervivencia y la de su partido, que se ha convertido en un suculento plato para la ultraderecha.
La ecuación ahí es sencilla: el éxito de la ultraderecha es la derrota de Uribe, quien perdió el liderazgo en ese escenario. La exsenadora Paloma Valencia por ello dice que su partido no es de derecha, tratando de seguir pescando en el centro político.
El tigre comenzará a rugir el 7 de agosto; Petro y Uribe ya demostraron que los felinos no los atemorizan. La patria milagro comienza a escribir su historia y los nunca sabrán que los de siempre también rugen y saben jugar a ser avispas venenosas. Zumbidos y rugidos marcan hoy la selva en que se ha convertido la débil democracia colombiana. Pronto comenzará a escucharse, también, con fuerza el ruido de la guerra.
Bogotá, D. C, julio 25 de 2026
*Periodista, internacionalista y analista político.
Tomado de El País.