Pronto, los aviones comenzarán a bombardear los campamentos de las guerrillas y a fumigar las 230 mil hectáreas sembradas de coca
Por Hubert Ariza*. - Con el juramento del presidente Abelardo de la Espriella comenzó el mandato de la anunciada patria milagro, un modelo de país que ya había sido anunciado en campaña y por el que votaron casi 13 millones de colombianos. Vestido con un fino traje de corte italiano, corbata y zapatos impecables, y acompañado de su familia, el mandatario no se salió un segundo de la estética, la narrativa ni el libreto que marcó una de las elecciones más reñidas en la historia reciente del país, en la que triunfó por menos del uno por ciento.
Ante cerca de 2500 invitados, el mandatario hizo una puesta en escena en la que no hubo citas a la diversidad étnica, ni a las culturas ancestrales, sino imágenes de la Virgen María, cantos religiosos, oraciones de diferentes Iglesias y evocaciones a un Colombia “del orden, la autoridad y la libertad”, en la que volverá la fumigación aérea de los cultivos ilícitos, llegará el fracking que amenaza el medio ambiente, se impondrán la economía extractivista, el fin del diálogo con organizaciones armadas ilegales, una política exterior volcada hacia el comercio y el afianzamiento del Escudo de las Américas, y una serie de medidas económicas para superar el déficit fiscal.
En la posesión ante el Congreso de la República, en sesión extraordinaria en el auditorio de la Universidad Santiago de Cali, se vieron las caras alegres de los ganadores, que vieron al nuevo jefe de Estado jurar ante el presidente del Senado, Honorio Henríquez, y rezaron y cantaron con fe, vocación y alegría, olvidándose del país laico que hizo posible la Constitución de 1991. Los perdedores de la izquierda petrista no asistieron al festejo de la derecha abelardista, prefirieron congregarse, sin armar alboroto, alrededor de sus líderes, Iván Cepeda y Carolina Corcho, en Barranquilla, Cali y otras ciudades.
Entre los invitados especiales en la posesión estaban el exjefe de Estado Iván Duque, al lado del hombre que lo llevó a la Casa de Nariño: Álvaro Uribe Vélez, cuyo partido, el Centro Democrático, se defiende para no ser devorado por el nuevo partido del abelardismo, “Defensores de la Patria”. El fenómeno político que el país mira con expectativa es el del viejo caballista paisa con tierras en Córdoba, luchando para no dejarse borrar de la arena política por un exaliado cordobés que lo puso en jaque maté y amenaza con pensionarlo y quedarse con su manada.
La posesión fue un acto lleno de simbolismos que quedará marcado en la historia de Colombia. Cañonazos de salva, un discurso lleno de promesas, un lenguaje corporal que evoca la escuela italiana de antes de la Segunda Guerra Mundial, y un ataque frontal a Petro, quien gobernó, como prometió, hasta el último minuto posible. La salida de la Casa de Nariño, vestido de blanco, al lado de sus hijos y su anillo de servidores más cercanos, echó por tierra las narrativas del dictador que se iba a perpetuar en el poder.
Lo que sigue para Colombia es la confrontación de dos narrativas diametralmente opuestas. El choque de dos liderazgos irreconciliables, ambos con ciudadanía italiana. Tanto Petro como el presidente Abelardo gozan del pasaporte de la tierra donde los partisanos cantaron Bella Ciao y derrotaron al fascismo. Ahora, estos dos lideres tendrán en sus manos el destino de la política durante los próximos años. Petro levantando la bandera de la lucha contra el fascismo, y De la Espriella, defendiendo la legitimidad y pertinencia de su mandato, bajo el paraguas del Escudo de las Américas y Trump.
En Cali quedó ratificado el compromiso del presidente De La Espriella de no convocar una Asamblea Nacional Constituyente, no extender su período, y entregar el poder pacíficamente en cuatro años. Con ese mensaje busca desactivar a la oposición de la izquierda que vaticina que el modelo bukeliano, de El Salvador, se impondrá y se aplicará la receta de modificar la Carta Política, tomarse las Cortes y revocar el Congreso para convocar nuevas elecciones, ganar las mayorías y perpetuarse en el poder.
Para la izquierda, De la Espriella llegó para quedarse; para la derecha, Petro salió para nunca más volver y terminar en una cárcel en Estados Unidos. La polarización extrema quema el centro, rompe amistades y siembra de minas el futuro de Colombia. La alianza Uribe-Petro es un frente común para contener la ola de extrema derecha que amenaza a sus opositores.
A la anunciada agenda del fin de la paz total con las organizaciones armadas ilegales con la frase “la opción del diálogo está agotada”, la fumigación aérea con glifosato de última generación, el fracking, la construcción de megacárceles y la visión de una economía extractivista, se opondrán el Pacto Histórico y las organizaciones sociales. Ello significa una convulsión social permanente. Sin las consejerías de paz y derechos humanos, ni la encargada de la aplicación de los acuerdos de paz, el grito de “nos están matando” se volverá a escuchar. La izquierda ya tiene listo el contador de lideres sociales asesinados.
Sí, “el Tigre’ ha llegado y sabrán lo duro que muerde cuando se trata de defender al pueblo colombiano”, como dijo el mandatario, pero desde la oposición Petro intentará inmolarse en la defensa de su vida, su libertad y su legado. Será un enfrentamiento de felinos. Uno desde el poder y el manejo de la Fuerza Pública, el otro, desde la calle, invocando la desobediencia civil. Los senadores Iván Cepeda y Carolina Corcho harán lo propio desde el Congreso.
La promesa de que “en la patria milagro nadie será perseguido por pensar distinto ni privilegiado por respaldar al Gobierno nacional. Las mayorías tendrán derecho de gobernar y las minorías el derecho de controvertir con garantías”, es un mensaje conciliador del presidente entrante, que busca aminorar la intolerancia del ala radical de sus seguidores. En campaña se escuchó conjugar con fuerza el verbo “destripar”, que en las redes sociales los más intolerantes continúan usando contra los opositores al Tigre. Lo grave en Colombia es que las amenazas se cumplen, y los destripados llevan décadas contándose.
La lucha contra la corrupción será un tema central del Gobierno que comienza y sobre el cual los colombianos serán implacables. Este fue el enorme hueco por donde se fugó el apoyo de un sector de los colombianos a Petro y condujo a la derrota de Iván Cepeda. Pero el presidente De la Espriella, en Cali, se limitó, al respecto, a prometer “herramientas modernas para prevenir, detectar y perseguir el uso indebido de recursos públicos”, entre ellas, la inteligencia artificial, los sistemas de análisis de datos, tecnologías de trazabilidad digital y herramientas como blockchain. Nada de ello parece un remedio de inmediata aplicación y efectiva reparación del tejido social. La cultura del enriquecimiento ilícito sigue siendo una epidemia.
Quizá en este campo el país espera mucho más del Gobierno que comienza. ¿Qué piensa el presidente del papel que deberían cumplir los órganos de control y la Fiscalía en ese campo?, es una pregunta obligada. El país, y sobre todo la oposición, serán implacables contra la corrupción en el Gobierno entrante. Y bien vale ir más allá de anuncios generales. Hay que concretar medidas que signifiquen un antes y un después en la lucha contra los corruptos. Bastante tarea tiene el nuevo ministro de Justicia, Iván Cáncino. La posición del Gobierno frente a la elección del Contralor General de la República, el próximo 12 de agosto, enviará un mensaje contundente. Ojalá no se equivoquen de pupilo. Una reforma a la justicia es, además, una propuesta que ronda desde hace años.
Por ahora, los ojos están puestos en los 90 decretos que se han anunciado. Y en las medidas que adoptará el ministro de Hacienda, Miguel Gómez Mártinez. Congelar el gasto público, presentar una reforma tributaria y eliminar el impuesto al patrimonio, son medidas anunciadas que generarán amplios debates en el Congreso y entre los expertos. Será una ocasión para ir afinando el modelo económico extractivista que gobernará los próximos cuatro años.
En conclusión, ha comenzado la era del Tigre, con una reedición del esquema Gobierno-Oposición, con dos felinos enfrentados, y una sociedad civil más organizada, con la amenaza permanente de una nueva edición del estallido social. Pronto, los aviones comenzarán a bombardear los campamentos de las guerrillas y a fumigar las 230 mil hectáreas sembradas de coca. Lo que se vio ayer en Cali es el comienzo de los cuatro años de la patria milagro y a medio país de rodillas rezando con fe porque al Tigre le vaya bien.
Bogotá, D. C, agosto 9 de 2026
*Periodista, internacionalista y analista político.
Tomado de El País.