Opinión
Por Jairo Gómez.- España afronta una interesante disputa política a las puertas de unas elecciones atípicas, con el resurgimiento de la izquierda como alternativa de poder. Pero no la izquierda representada en el decadente PSOE (Partido Socialista de los Trabadores), sino en la vigorosa propuesta de Unidos-Podemos, que sin ambigüedad ideológica se desmarca de la derecha representada en el PP (Partido Popular) y Ciudadanos.
Hoy todas las encuestas en el país ibérico ponen a Unidos-Podemos en la antesala del poder y con la firme opción de gobernar. Claro, si el PSOE, su aliado más afín, se lo permite. Las Toldas socialistas viven su propia encrucijada en el alma. Si los vaticinios de los sondeos públicos y privados se cumplen (coinciden en que UP será la segunda fuerza política del país), los liderados por Pedro Sánchez, tendrán que elegir con quien pactar: Unidos-Podemos o el Partido Popular, su principal antagonista en los 40 años de historia democrática. Lo coherente y políticamente correcto sería que el PSOE optara por el grupo de Pablo Iglesias.
El pacto para conformar Gobierno en España, por tratarse de un régimen parlamentario, es necesario si ninguna de las formaciones obtiene la mayoría absoluta.
Unidos-Podemos irrumpió en la política española hace cinco años tras la movilización de los indignados, y supo catalizar ese descontento popular para construir, desde ahí, una propuesta que se desmarcó del viejo régimen, con un lenguaje que hizo explícitas las falencias de la política económica del gobierno de Mariano Rajoy, que apostó por una austeridad asfixiante para los cientos de miles de hogares españoles. Aterrizar el mensaje y hablarle sin tapujos a la gente sobre los corruptos en el poder, de las puertas giratorias, de los privilegios de las élites, de las alianzas de los políticos con los cárteles de la contratación y develar sus piruetas, es parte del éxito de Unidos-Podemos; pero además, entre otras iniciativas, propone gobernar sin recortes, erradicar la corrupción, y que sean los grandes capitales los que paguen impuestos: “El que gane más que pague más que el que gane menos”, recalcan.
Interesante el debate proselitista en España. Ya no es el bipartidismo (PP-PSOE) el que alienta la política ibérica, es una variedad de fuerzas con claras tendencias de la que disponen los españoles para optar, el 26 de junio, por la mejor propuesta. Son cuatro partidos definidos, con militancia y bases organizadas las que se disputan el poder; además de una porción pequeña de grupos políticos que representan comunidades autónomas.
La inesperada irrupción de Podemos en alianza con Izquierda Unida, desplazará, al parecer, al PSOE como fuerza antagónica de la derecha española, hecho que prendió las alarmas en la dirigencia tradicional pues las posibilidades de incidir en el poder crecieron. Es tal la popularidad y el repunte en los sondeos de Unidos-Podemos que la campaña mediática contra este grupo ha sido innoble gracias al matrimonio indisoluble entre periodismo y vieja política. Es difícil encontrar en los medios escritos y de televisión reflexiones sensatas y neutrales sobre la valoración que hacen de, tal vez, el suceso político más importante de ese país desde que dejaron a un lado la dictadura franquista.
Qué paradoja, mientras desde Europa se mira con cierto agrado los supuestos fracasos de la izquierda en América Latina, en la cuarta economía de ese continente, como lo es España, la posibilidad de que un partido de esa tendencia ideológica logre el poder, es real. Amanecerá y veremos, dicen por ahí.
Por Juan Fernando Londoño.- Esta semana comenzó con los anuncios de un caracterizado líder del Uribismo, el exministro Juan Lozano (otrora conocido por su ponderación) anunciando los males que le esperan a Colombia por cuenta de la firma de la paz. Según él, tenemos que prepararnos para la llegada de las siete plagas de Egipto a nuestro país.
La columna refleja el espíritu de quienes se oponen a la terminación del conflicto por la vía negociada. Ante la inevitable e inminente firma del acuerdo de paz en La Habana, su estrategia es intentar convencer a los colombianos de lo malo que va a ser vivir en paz en Colombia y todas las desgracias que caerán sobre nosotros como consecuencia de dejar de matarnos.
La campaña del Uribismo consiste ahora en anunciar el apocalipsis, y los líderes del Centro Democrático se encuentran en fiera competencia para ver quien aporta más profecías del fin del mundo, con el propósito de asustar a los colombianos. La sindéresis y ponderación han desaparecido de las huestes opositoras a la paz y su narrativa parece tomada de una tragedia de Shakespeare: Colombia está a las puertas de aceptar su destino trágico: ¡vivir sin conflicto armado!
En sus delirios dantescos han iniciado una campaña de recolección de firmas contra los acuerdos, pero no para promover algún tipo de mecanismo alternativo para que los colombianos dirimamos en las urnas cuantos queremos la paz y cuantos continuar la barbarie. No. Simplemente recogen las firmas, y después decidirán qué hacer con ellas, mientras tanto infunden el temor y propagan sus admoniciones en el vano intento de hacernos creer que todo tiempo pasado fue mejor.
Ante esta estrategia de distorsión de la realidad, la respuesta por parte de algunos parece ser apelar al otro extremo y convencernos que la firma de la paz nos llevará a un futuro de prosperidad y bienestar. Ríos de leche y miel nos esperan en cuanto dejemos de matarnos: el PIB crecerá, las instituciones funcionarán, la justicia será eficaz, el Estado por fin hará presencia en los sitios olvidados. No parece que esta sea una buena estrategia.
Por supuesto que es mejor tener paz que guerra, pero los beneficios de ello serán tangibles solo en el terreno de la convivencia. Habrá menos muertos y más colombianos tendrán mayores oportunidades de vivir, y muchos de los que hoy son niños no tendrán que morir en los campos de batalla el día de mañana. Parece poca cosa para muchos, pero lo es todo para quienes realmente han estado en medio de las balas y detrás de los fusiles. Valorar que dejemos de matarnos no parece a estas alturas ser un discurso vendedor, menos de cara a la campaña por la refrendación, pero sigue siendo el argumento más sólido para justificar incluso un mal arreglo en lugar de más décadas de buen pleito.
Aparte del cese de la violencia, la firma de la paz solo representa una puerta de oportunidades hacia otra Colombia. Pero para evitar que esa puerta se abra y conduzca a una Colombia distinta, el Uribismo se encuentra organizando la oposición, ya no a la inevitable firma, sino a las transformaciones que se han pactado para que los guerrilleros dejen las armas. No se percibe que las fuerzas de apoyo a la paz se estén preparando de igual manera para el día después de mañana y para la implementación de los acuerdos.
El Uribismo construye un clivaje político con fuerzas políticas interesadas en que la implementación de la paz fracase, en torno a esa fuerza agrupan a los antiguos aliados del paramilitarismo, a sectores del campo preocupados por el fin del status quo en que hemos vivido y miles de ciudadanos indignados y asustados por la posibilidad de que los guerrilleros dejen las armas y hagan política.
Mientras tanto, del lado de las fuerzas de apoyo a la paz solo hay una perspectiva de corto plazo: firmar el acuerdo, ganar el plebiscito y luego mirar quien gana la Presidencia. Es lo que llaman pragmatismo, pero con esta perspectiva, la construcción de un país distinto fruto de los acuerdos de paz se perfila como una imagen borrosa. No viene el apocalipsis, pero con su discurso de miedo los opositores de la paz buscan evitar que cualquier cambio se haga realidad, y al final, con el cinismo que los caracteriza, dirán que la paz no sirvió pues nada cambió.
Por Amylkar D. Acosta M[1].- La insolencia no pudo ser mayor. El señor Everett Eissenstat, integrante de la unidad legislativa del Senador Orrin Hatch, lanzó una velada amenaza contra Colombia por la valiente decisión tomada por el Ministro de Salud Alejandro Gaviria de levantar el velo de la exclusividad de la patente de corso de la multinacional farmacéutica Novartis sobre el medicamento Imatinib, rotulado comercialmente como Glivec.
Esta es una vieja trifulca que se viene dando en el mercado de los medicamentos entre los de marca y los genéricos, que teniendo el mismo principio activo son mucho más asequibles por sus bajos precios con respecto a aquellos. Ante la negativa de Novartis, que se rehusó a rebajar su precio un 50% como lo reclamó el Ministerio de Salud, el titular de la Cartera le solicitó a la Superintendencia de Industria y Comercio declarar de interés público, como en efecto lo es, este medicamento y abrirlo a la competencia.
Y allí fue Troya. Ellos no están dispuestos a dar su brazo a torcer y de buenas a primeras osó el señor Everett espetar que si el Ministro persiste en su propósito Colombia sería objeto de “tratamiento especial”, terminaría en capilla y tal circunstancia, según él, podría llegar a “interferir con otros intereses que pudiera tener Colombia en EEUU”. Así de burda es la amenaza que Colombia toda debe rechazar enérgicamente.
Lo que está en juego no es asunto de poca monta, la ley Estatutaria de la Salud, consagra que “el derecho fundamental a la salud es autónomo e irrenunciable en lo individual y en lo colectivo”, así de claro. En este caso, como en tantos otros, es la salud de 3.200 pacientes que padecen en Colombia la leucemia mieloide crónica (LMC) la que está en juego, como también la salud de las finanzas del Sistema de atención en salud dado que atentan contra su estabilidad y sostenibilidad.
Todavía no se sabe en qué va a parar este rifirrafe entre el Ministro de Salud y la multinacional suiza Novartis, pero el Ministro acaba de anunciar que obviará el trámite ante la Superintendencia y optaría por otra vía mucho más expedita para lograr el mismo propósito, que dicho medicamento sea más accesible a los pacientes. El primer paso, lógicamente, es la declaratoria de interés público de este medicamento para, a renglón seguido, como lo manifestó el Ministro, proceder a “la aplicación unilateral del precio, bajar el precio” y “será una Comisión nacional la que se encargue de fijarlo”. Dicho de otra manera, se pasaría del precio de “mercado” al precio administrado del mismo. No habría, entonces, que esperar a que la Superintendencia apruebe o desapruebe la licencia obligatoria a Novartis, despojándola de la exclusividad para producir dicho medicamento, que estaría sujeta a condiciones tales como su escasez en el mercado y este no es el caso. Si el Ministro finalmente da este paso será de efecto inmediato, que es lo que se busca, porque según él mismo, “la licencia obligatoria solo haría que ocurriera después de un tiempo”.
La reacción de la Asociación de Laboratorios Farmacéuticos de Investigación y Desarrollo no se hizo esperar y salió en defensa, ya no de la patente de la molécula Imatinib, sino en defensa de las utilidades que el mismo le reporta a la empresa que ahora mantendría la exclusividad de su fabricación. En efecto, su Presidente Gustavo Morales, que viene de ser Superintendente de Salud (¡manes de la puerta giratoria!), “si no hay razones de interés público para expedir una licencia obligatoria, tampoco las hay para aplicarle un nuevo control de precios, ni para ningún otro efecto”. Es decir, según él, nos tenemos que resignar a que el precio de este medicamento siga por las nubes, sin control alguno. Ello no es admisible, porque sería tanto como rendirse a los pies de los intereses creados de estos pulpos que atrapan con sus tentáculos constrictores el Sistema Nacional de la Salud.
A la polémica que desató esta decisión del Ministro Gaviria se vino a sumar otra mucho más insólita e inaudita, que guarda una estrecha relación con la anterior. La piedra de escándalo la puso el Representante a la Cámara Hernando José Paladuí, al presentar un Proyecto de Ley a través del cual se pretende prohibir recetar a los pacientes del SNS, contributivo o subsidiado, medicamentos genéricos. Se parte de una base falsa y es la creencia bastante generalizada de su inocuidad, cuando la realidad es que el genérico es el mismo medicamento de marca o comercial, sólo que entra al mercado una vez se vence la patente de este último, desde luego, conservando la molécula el mismo principio activo.
De prosperar esta iniciativa legislativa, al sacar del mercado a los genéricos los de marca lo capturarán totalmente e impondrán sus condiciones, pues no tendrán competencia y por lo tanto podrán abusar a sus anchas de su posición dominante, encareciendo de manera exorbitante el costo para el SNS y también para el bolsillo de los pacientes.
Bogotá, junio12 de 2016
Por José Gregorio Hernández.-Debemos comenzar diciendo que, si bien carecemos de una auténtica política criminal del Estado -lo que implica permanente improvisación en la expedición de las normas y da lugar a las más diversas interpretaciones y a providencias contradictorias e incoherentes-, nuestra legislación penal ha mostrado en estos años algunos avances que es preciso reconocer. Entre ellos cabe destacar, sin duda, la penalización de conductas tan reprochables como el denominado feminicidio y en general la violencia en el interior de las familias.
Nos parece que en tal sentido no debemos retroceder, y por tanto resulta preocupante que uno de los aspirantes a la Fiscalía General de la Nación haya propuesto, en su exposición ante la Corte Suprema de Justicia, la despenalización de tales comportamientos, precisamente cuando en muchos lugares del país se cometen a diario crímenes que tienen como víctimas preferidas a las mujeres y a los niños.
Como lo señala el artículo 5 de la Constitución, el Estado reconoce, sin discriminación alguna, la primacía de los derechos inalienables de la persona -cuya dignidad es fundamento del orden jurídico- y ampara a la familia como institución básica de la sociedad.
Eso lo ratifica el artículo 42 de la misma Carta cuando señala que la familia es el núcleo fundamental de la sociedad, y que, en consecuencia, el Estado y la comunidad garantizan la protección integral de la familia.
Según el precepto superior, cualquier forma de violencia en la familia se considera destructiva de su armonía y unidad y será sancionada conforme a la ley. De suerte que, antes del legislador, fue el propio Constituyente el que estimó indispensable e imperioso el castigo para quienes ejercen violencia contra la familia.
Hablando de los niños, basta consultar el artículo 44 de la Carta Política para verificar que, sobre la base de entender que sus derechos son siempre fundamentales, busca garantizarles la seguridad de “tener una familia y no ser separados de ella”. Añade la disposición, con carácter imperativo, que serán protegidos contra toda forma de abandono, violencia física o moral y abuso sexual, entre otras formas de vulneración de tales derechos.
La norma estipula que la familia, la sociedad y el Estado tienen la obligación de asistir y proteger al niño para garantizar su desarrollo armónico e integral, objetivos que mal podrían lograrse si el niño crece en un clima de violencia, intolerancia y maltrato, que se ejerzan contra él, contra su madre o sus hermanos.
En estas materias, no podemos regresar a la impunidad.
Por Clara López.- Colombia se acerca al final del conflicto armado en medio de la polarización y la exacerbación de las diferencias. No hemos encontrado un relato común porque el conflicto se ha vivido desde el enfrentamiento, el señalamiento, la estigmatización y la total falta de respeto por el otro y la otra. El odio ha reemplazado la solidaridad humana, y la venganza ha tomado el lugar de la misericordia, que, al decir de Porcia en ‘El mercader de Venecia’, es doblemente bendita porque bendice tanto al que la da como al que la recibe.
La memoria histórica hoy cumple el invaluable papel de permitir la construcción del ‘nunca más’, de la ‘no repetición’, pero falta construir una lectura compartida del pasado. Encontrar la versión de la historia que nos una tomará tiempo. Por ahora, los textos de las distintas visiones elaborados por la comisión de expertos convocada por la mesa de La Habana terminaron en publicaciones separadas.
Lo que nos debe unir es un relato de futuro. Un futuro dialogado en la diferencia. Un futuro que dibuje la corrección de nuestros errores. Un futuro de compromiso con el respeto de la vida en todas sus manifestaciones: el ser humano, los animales, la naturaleza. Un futuro de democracia plena para superar las desigualdades injustas, la inequidad perenne. Para construir ese relato compartido, se hace necesario rastrear hoy aquello que nos acerca, en vez de concentrar la deliberación pública en aquello que nos separa.
El rigor y la costumbre de la guerra nos han hecho insensibles a las bondades de la paz. Hasta hay quienes minimizan los diálogos de paz y los tratan como algo secundario, incluso sin trascendencia. Otros todavía piensan que la guerra es más barata que la paz. Hasta dificultades tenemos en el lenguaje para reemplazar los imaginarios, los símiles y las metáforas de los guerreros para referirnos a las actividades de la convivencia y la democracia: comando, campaña, conquista, victoria, derrota, trinchera y demás.
Pero el logro de la paz es de interés estratégico para cualquier pueblo, y más para uno como el nuestro, que ha sufrido una guerra tras otra. Guerras que han servido para el despojo de los vencidos, desde las primeras del siglo 19 que llevaron a la Constitución a prohibir por primera vez la pena de exilio y la confiscación de sus bienes. Pero de vencidos han sido las sucesivas olas de desplazados por la violencia de uno y otro bando que han hecho de Colombia un país de ciudades grandes y desequilibradas.
Por encima de las diferencias sobre el modelo económico o el modelo de justicia, debe abrirse paso la capacidad de dibujar un posconflicto en el que la violencia quede proscrita como herramienta para hacer política, donde pueda superarse el déficit de democracia y la deliberación en la diferencia abra los espacios para el cambio pacífico. Para ello es imprescindible concretar los acuerdos de La Habana, abrir los diálogos formales con el Eln, legitimar la paz con amplias mayorías en el plebiscito y rodear la implementación de los acuerdos con garantías para todas las víctimas, pero también para los insurgentes que dejan las armas.
El desafío de esta paz que tenemos a la mano exige audacia. Cada cual debe atreverse a cruzar la línea que lo separa de sus conciudadanos para darles la mano, entender sus razones sin necesidad de compartir sus puntos de vista y caminar a su lado, sin pretensiones de superioridad moral, ideológica o social. Ese es el camino llano rumbo a la paz.
Por Horacio Serpa.-Las cárceles están llenas. Las personas detenidas sufren inhumano hacinamiento y no hay poder humano que solucione la situación. Se ha acudido a todas las fórmulas y ninguna ha dado resultado. El Estado gasta enormes sumas de dinero en construir cárceles nuevas, pero el número de detenidos es superior a los cupos creados. La situación es insostenible e incorregible a pesar de la preocupación del gobierno, de los Jueces y del Congreso Nacional. Nada de lo que se hace o dispone es suficiente para atender tan complejo problema.
Del ello se ocupó la Comisión Primera del Senado en un debate de control político promovido por el distinguido Senador Manuel Enrique Rosero, en el que tuvo destacada actuación la Senadora Doris Vega. Estuvieron presentes los Ministros de Justicia y de Salud y altos funcionarios. La sesión, en la que se comentó el tema carcelario, fue de gran interés y puso de nuevo sobre el tapete la magnitud del problema. Sirvió, además, para que el gobierno proporcionara informes y se comprometiera otra vez a encontrar soluciones acertadas.
No obstante el interés demostrado en el debate y las sanas intenciones de todos, la situación va a continuar porque no ha sido posible que en tantos años el país asuma el estudio del delito y del delincuente. Claro que es bueno que se creen nuevos Juzgados y se construyan más cárceles. Algo se logra a título de paliativo para una enfermedad tan grave. Pero para curarla hay que ir a la raíz de la problemática. Hay que averiguar por qué se delinque, cuales son las razones por las cuales el crimen agobia a Colombia con tan graves manifestaciones de descomposición social.
Los niños colombianos nacen buenos como los de Suiza, pero a muchos los corrompe la sociedad, el desamparo, el abandono social, el pésimo sistema educativo, la falta de ingreso en las familias, el entorno descompuesto, la falta de oportunidades y la miseria. Ya es hora de que se vuelva a pensar que la miseria y el desamparo social crean condiciones para el delito. Y de que asumamos que somos un país con enorme pobreza y dramáticas desigualdades.
No hay prevención del delito. No hay resocialización para los delincuentes. Tampoco hay preocupación, porque la sociedad se tapa los ojos para no sentirse responsable. Requerimos un gran propósito nacional para solucionar las crisis de la delincuencia, la justicia, la desigualdad y de las cárceles.
Es un derecho universal la presunción de inocencia. Aquí no se aplica. Los sindicados de un delito van a la cárcel, muchas veces injustamente y por largo tiempo. Se aprobó una ley para darle validez a la presunción acotada, pero habrá que postergar su aplicación por el temor de que muchos procesados queden en libertad. Está bien que sigan detenidos los criminales peligrosos y los responsables de graves delitos, pero los demás deben salir. Cuando no existe condena se impone la libertad provisional. Así, además, se contribuye a descongestionar las cárceles.
Por Iván Díaz Mateus.-Las noticias que llegan de Panamá aún no tienen ninguna repercusión legal en Colombia, solo menciones. En plata blanca el asunto conocido como los Panamá Papers, es muy sencillo, quien quiera crear allá una sociedad lo puede hacer fácilmente, invirtiendo unos dólares en una oficina de abogados que adelanta los trámites, se le coloca un nombre austero o rimbombante, como se quiera, y está dado un primer paso. Seguidamente con esa razón social se establecen cuentas bancarias en los llamados paraísos fiscales, -países que tienen secreto financiero y cobran bajos impuestos-, y allí se mueve o se mantiene el dinero.
Para Colombia el hecho de que, muy posiblemente, millones de dólares de sus ciudadanos se vayan de la economía y no sean generadores de ningún valor agregado es grave, pero también es funesto que estos patrimonios no sean declarados ni paguen impuestos en nuestro país. Aún no sabemos el monto de la riqueza que los contribuyentes colombianos puedan tener fuera de la órbita productiva y lejos de los ojos de la DIAN, pero es un hecho que las cifras deben ser significativas, y también es un hecho que todos los que figuran en los listados que publican los medios no están por este solo motivo violando la ley, ni penal ni tributaria.
Las razones por las que una persona o una sociedad tomen la decisión de llevar recursos a Paraísos Fiscales son muy variadas y pueden tener que ver con la seguridad, la evasión de impuestos, la comodidad en los tramites, la corrupción, el lavado de activos, etc. Por esa razón es imperativo conocer en detalle quienes y porque razones están haciendo uso de esta modalidad de negocio, incluso se debe llegar a determinar el origen de los capitales invertidos, así mismo hay que saber cuáles personas cumplieron la obligación de declararlos en Colombia y cuáles no, ya que ocultarlos implica una clara evasión de las obligaciones fiscales que tenemos todos.
Es posible que pase mucho tiempo antes de que esta realidad se conozca a fondo y se proceda a las sanciones correspondientes, pero se corre el riesgo de que en realidad no pase mayor cosa y un nuevo acontecimiento consuma al otro llegándose a olvidar este tema trascendental. Los anuncios que han hecho las autoridades dejarían entrever que no va a pasar, como se dice vulgarmente, de agache el asunto, siendo justos y sensatos es lo menos que se puede esperar. En todo caso vivimos en uno de los países con mayor índice de desigualad en el mundo y los niveles de pobreza individual y de precariedad estructural son demasiado altos para no lamentar que quienes más tienen se escuden en maniobras legales y financieras para no contribuir a la solución de los problemas a través de inversiones o impuestos. Las revelaciones de panamá han desnudado una realidad incontrastable: La indolencia de los menos con la realidad critica de los más. Así es la naturaleza humana, bien definida por Shakespeare, cuando puso en boca de Macbeth esta frase: “¡Adelante, y burlemos a todos con la apariencia más complacida! ¡Un falso rostro ha de ocultar lo que siente un falso corazón!”.
@idiazmateus
Por Felicia Saturno Hartt.- De forma sofocante, todos hablan del cambio. Esta palabra sirve para definir campañas, equipos y para vestir banderolas. Para ofender a los tradicionales o para generar expectativas. El cambio es un anuncio publicitado y, por desgracia, a veces, sólo una ilusión vendida en elecciones.
Ese proceso necesario, que nuestros países de América Latina, en particular, piden a gritos, por el deterioro de las democracias tradicionales y de los modelos populistas, el atraso de nuestras sociedades y sus indicadores fatídicos, implica toda una concepción del individuo, de la sociedad y del mundo de las instituciones.
Hablar de cambio involucra hablar de cultura. Conocernos y (re) construirnos como sociedad. Porque es la gente que asume el cambio o lo rechaza, desde sus valores, desde sus visiones de mundo, desde, incluso, sus contradicciones. Este proceso está conectado a cómo nos percibimos, cómo nos proyectamos, cómo concebimos la realidad personal y colectiva. Es más que un panfleto y un slogan.
De allí que, en la actualidad, se discuta la necesidad imperiosa de un proceso de cambio de múltiples facetas, donde se aúpe la innovación y la creatividad, la tolerancia, la educación de calidad y la participación política y social, más allá de las formas tradicionales. Es aprender a ser mejores, a tolerar el fracaso como experiencia, a participar como ciudadanos y a ser exigentes como consumidores.
Pero, es importante insistir que el Cambio no es hecho intempestivo, azaroso, milagroso o decisión de algunos dueños del poder, en sus infinitas y variopintas formas. El cambio es un proceso sociopolítico, intenso pero reflexivo, fruto de la reciprocidad, pero que debe ser guiado por timoneles calificados. Por ello, tampoco, puede ser un aditamento de la oferta electoral, muy manoseado y perpetuo, sino el propósito de la integración de los diversos factores que cohabitan un espacio.
La oferta electoral puede ser el grito que despierte la participación de todos, porque el cambio no es un proceso en una sola dirección: él palpita, toca los intersticios de la sociedad, introspecta y proyecta. Es una mirada histórica que hurga el pasado y escruta el presente, para construir futuros posibles.
Desde esta perspectiva, me niego a aceptar que tales o cuales individuos son demasiado para el tiempo o el país que somos. Porque sus propuestas, entonces, son excelentes pero incapaces de ser consensuadas, de inspirar o de “montar a la gente en el autobús” de su proposición. Ellos entonces tendrían que cambiar.
Al final el Cambio lo que busca es reducir la inequidad, madre de la injusticia, la impunidad y, por ende, enemiga del desarrollo y la libertad.
Por Jorge Gómez Pinilla.- En un verdadero ring de boxeo verbal se transformó mi muro de Facebook a raíz de la foto que publiqué al día siguiente del happening convocado por el fotógrafo norteamericano Spencer Tunick, el domingo 5 de junio en la Plaza de Bolívar de Bogotá, en el que 6.132 personas llegadas de todo el país se desnudaron para sus cámaras.
La foto me la envió una amiga muy pila mientras viajaba por tierra de Bogotá a Bucaramanga, y me pareció un gesto de sutil coquetería cuando se manifestó extrañada de que yo no hubiera asistido al evento, pero creo que me estoy saliendo del tema.
La imagen en discusión es del fotógrafo colombiano Iván Valencia, quien cubrió el evento para Univisión, y muestra la Plaza de Bolívar abarrotada de gente desnuda, en una proporción de mujeres bastante mayor que de hombres. A un costado de la composición una anciana viringa subida sobre una tabla de madera, como Dios la trajo al mundo, levanta erguido el puño de su mano derecha, en valiente actitud que la enaltece. Detrás se ve a una hermosa joven con una sonrisa de alegría más natural que su tersa piel, y detrás de ambas una tercera mujer ya desenfocada, cuya edad muestra en su cuerpo el promedio de las dos primeras, para completar el cuadro de una belleza estética extraordinaria, superior o al menos comparable con las fotografías de Tunick.
Después de que publiqué la foto un detalle despertó la atención del pintor Freddy Sánchez Caballero, y así lo expresó: “curioso que la abuela esté a la moda con monte de Venus despejado, y las jóvenes no”. Llamativo, ciertamente, pero más llamativa la respuesta que le dio la también pintora Emna Codepi: “La calvicie femenina llega diferente que la masculina”.
Aquí entre nos, sospecho que ese pubis rasurado (o calvo, vaya uno a saber) en una mujer de tan avanzada edad fue el detonante del escándalo para algunos espíritus moralmente pacatos o susceptibles, como el de la señora Vilma Estela Hernández, quien así se expresó: “La falta de pudor y dignidad que cada día se está haciendo más evidente, refleja la triste realidad de la herencia que le está quedando a nuestra descendencia, con el cuento de que esto es arte; esto es una bajeza, esto me da asco”.
En honor a la verdad, si uno se topa con una anciana caminando desnuda por la Séptima, el espectáculo puede ser grotesco o vulgar, pero adquiere un valor artístico inocultable en el contexto de un evento promovido por el Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO) con este propósito: “Al quitarnos la ropa, todos somos iguales. La invitación es para que nos despojemos por un momento de las etiquetas y hagamos parte de esta obra como ejemplo de una sociedad que si bien tiene diferencias, comparte una visión común: la búsqueda de un mejor futuro para el país. Si el pasado nos dividió, que el futuro nos una”.
Sea como fuere, Colombia entera fue testigo de una catarsis colectiva, liberadora desde lo estético, como se vio en la mayoría de asistentes que le sonreían impúdicos al sol, a las cámaras y a los transeúntes sin el menor tapujo. Y fue por ello que el comentario de doña Vilma provocó la airada reacción de damas y caballeros de otras latitudes, como ocurrió con la muy paisa Luz Marina Arango, quien así le respondió: “No muestre sus partes íntimas si le parece tan indignante, pero no ofenda a los que lo hacen. Decir que le producen asco es ofensivo”.
Hubo además el Mauricio Prieto que desde el lado humorístico invitó a que “Vilma, no seas tan Picapiedra”, o la Juanita Granados que la acusó de tener “una mente obtusa, ignorante y reprimida”, o la Julia María Rodríguez que le respondió con la misma moneda de la intolerancia (“es usted la que apesta con su comentario”), hasta el Gustavo Galvis que en gesto compasivo pidió que “¡por favor, no le den más palo a la pobre Vilma!
El lado quizá más positivo del evento fue el debate generado en redes sociales, hasta un nivel en el que muchas personas de espíritu mojigato terminaron entendiendo que el cuerpo humano puede exhibirse con total naturalidad sin que ello pueda considerarse inmoral, pecaminoso o pervertido. Es factible por tanto que doña Vilma haya salido golpeada del maremágnum de rechazo que ella misma provocó, aunque con la lección aprendida.
Pero está además el significado político, pues el artista convocó e hizo desnudar a más de 6.000 colombianos en el mismo lugar donde hoy confluyen la Presidencia de la República, el Congreso Nacional, la Alcaldía Mayor de Bogotá, el Ministerio de Relaciones Exteriores, la Casa Museo del 20 de Julio y la Catedral Primada. Y donde ocurrieron entre el 6 y el 7 de noviembre de 1985 las salvajes toma y retoma del Palacio de Justicia por parte del M-19 y el Ejército Nacional, en ese orden.
Cuando uno se quita la ropa, no tiene ya nada que ocultar. Hay entonces un último significado simbólico en el hecho de que Colombia está en la antesala de la paz, y el único modo de consolidar una verdadera reconciliación nacional es teniendo acceso a la verdad desnuda. En este terreno son muchos los que le temen a esa desnudez, por supuesto, porque saben que la paz los aniquila.
DE REMATE: Al cierre de esta columna descubro que Facebook eliminó la foto de mi muro, me impuso una sanción de 24 horas y anunció que si lo vuelvo a hacer, bloquea la cuenta de forma permanente. Ni siquiera puedo hacer uso del Messenger. ¡Recáspita!
Por Gabriel Ortiz.- Bogotá, ciudad sin Dios ni ley, parece que encontró el norte que la pueda sacar del caos en que vive. Se considera que esta ciudad ha tenido alrededor de 800 alcaldes desde 1538, siendo su primer burgomaestre el fundador Gonzalo Jiménez de Quesada. Los ha habido excelentes, buenos, regulares, malos y desastrosos.
La atropellan todos los vicios, con habitantes que la detestan -pero la usufructúan- que la desprestigian, la destruyen, la marchitan y la abominan y repudian.
Ahora quiere vencer todas esas dificultades y ha encontrado la fórmula: un personaje probado y comprobado entre el 95 y el 97. No es otro que Antanas Mockus, ese filósofo matemático que utilizando los medios más elementales, con mimos payasos y trabajadores sociales, nos enseñó a convivir pacíficamente, a respetar los turnos, las cebras, las señales de tránsito, el transporte público, el espacio, los niños, los mayores, el hogar, los vecinos, los incapacitados, las fachadas y monumentos, combatir el vicio y, en general, las normas que garantizan una existencia amable y civilizada.
La famosa “pirinola” de Mockus, nos animó a aportar para lograrlo cuando decía: todos ponen. O el pulgar hacia arriba que nos permitía sonreír y compartir cuando se ofrecía un derecho o un aporte positivo del todo bien.
Este hombre, sucedido desde el 98 por Peñalosa, Garzón, el tristemente recordado Samuel, Clarita y el cuestionado Petro, tiene la clave para restaurarnos el amor, el respeto y el ímpetu que resuciten a la malograda capital.
En buena hora Peñalosa, con generosidad y sin celos, encomendó semejante compromiso a Mockus, porque conoce sus capacidades, empeño y éxito en la recuperación de la convivencia, el orden y el amor por la Capital de Colombia para beneficiar a sus habitantes.
Lloverán las críticas como cayeron cuando se actuó contra el Bronx. Los amigos del desorden, del crimen, de las diferentes modalidades de tráfico de drogas, armas y personas, buscarán truncar el propósito Peñalosa-Mockus, pero se enfrentarán a una decisión imperiosa: recuperar Bogotá para los Bogotanos, para el país y para el mundo.
Hay que regresar al orden, al respeto, a recoger las heces, parques para los niños, ciudad sin Bronx, grafitis racionales, seguridad etc. Así habremos adelantado un camino hacia la convivencia y el respeto a la vida. ¡Buena esa!
BLANCO: La paz bien vale Plebiscito o consulta: ¡es la paz!
NEGRO: El zapatazo que nos propinó Adidas: columbia.