Opinión
Por Guillermo García Realpe.-Durante más de 50 años consecutivos el pueblo colombiano se acostumbró de cierta manera a convivir con la violencia, fueron cinco largas décadas en que el país fue sacudido por tomas guerrilleras, voladuras de oleoductos, secuestros, extorsiones, atentados contra la infraestructura, desapariciones, tortura, desplazamiento forzado, impactos al medio ambiente y en general, un escenario desolador de sangre y muerte que hoy, por fortuna, está llegando a su fin.
Después de tres intentos fallidos, en los años 1984, 1991, y 1999, el gobierno del presidente Juan Manuel Santos, logró algo inimaginable por muchos en Colombia, la neutralización de la principal guerrilla del país y del mundo y uno de los grupos al margen de la ley que más generó violencia. No fue fácil llegar a estas instancias, el gobierno, tuvo que superar toda clase de obstáculos, propios de una negociación tan compleja, como la llevada a cabo con la guerrilla más vieja del continente.
Hoy, después de cuatro años de negociaciones, el proceso ha llegado a feliz término, los guerrilleros han mostrado su plena disposición de desmovilizarse, hoy parecen tener otra concepción de país y se alistan para su reincorporación a la vida civil, acogerlos plenamente de vuelta a la sociedad, es tarea de todos.
Serán 5765 insurgentes quienes dejarán las armas y 9000 milicianos que hacen parte de las redes de apoyo de las FARC también se aprestan a cambiar de vida.
Silenciar los fusiles de las FARC, significa que desaparecerá para siempre la guerrilla más grande de Colombia y del mundo, y con ella se apagará el principal foco de violencia, que dejó 260 mil muertos, 8 millones de víctimas, 45 mil desaparecidos, más de 11 mil víctimas de minas antipersonas y miles de secuestros y otros delitos que afectaron a muchas generaciones de colombianos.
Ahora, el reto enorme del gobierno estará en copar las antiguas zonas dejadas por las FARC a fin de evitar que otros actores armados ilegales entren a seguir delinquiendo, la lucha contra el narcotráfico debe ser frontal y los diálogos de paz con el ELN deben concluir con la firma definitiva de la paz también con esa guerrilla, sólo así Colombia podrá dejar plenamente el conflicto armado que tanto daño causo.
Sin el lastre de la violencia y con el silenciamiento de los fusiles, sin duda, Colombia, tendrá un nuevo amanecer que en rutará al país por el sendero del progreso y el desarrollo, donde la paz estable, duradera y con justicia social, será nuestra mejor conquista y el mejor legado para las nuevas generaciones de colombianos. Luego de esto, es imperativo una lucha frontal contra la corrupción y una revolución pacífica en lo político y lo social.
Por Jorge Gómez Pinilla. Tomado de El Espectador.- Una columna del brillante economista y filósofo Mauricio Cabrera para Vanguardia Liberal puso el dedo en la llaga por la escandalosa declaración de Otto Bula que el fiscal Néstor Humberto Martínez acogió como epifanía, o sea como verdad revelada, cuando este habló de “un millón de dólares cuyo beneficiario final habría sido la gerencia de la campaña Santos Presidente2014”. (Ver columna).
De ahí en adelante se formó la verraca confusión, para decirlo en términos del nadaísta Pablus Gallinazo. Ahora Cabrera pide que se comprueben “las condiciones de modo necesarias para entregar tal cantidad de dinero en efectivo”, y a continuación pregunta: “¿cuánto espacio ocupan $1.000 millones en billetes? ¿Cuánto pesan? ¿Qué tipo de maleta se necesita para transportarlos?”.
Si juntamos la columna de Cabrera con la de Daniel Coronell (ver aquí) el coctel se vuelve explosivo, pues mientras el primero se vale del sentido común para delatar el embuste de Bula, el segundo brinda la información para entender la clase de ‘fichita’ que detona semejante bomba incendiaria sin inmutarse: un hombre que “se enriqueció comprando tierras de campesinos desplazados por los paramilitares y (…) ha sido un caracterizado uribista de la línea de Mario Uribe”, a quien logró sacarle las más altas votaciones en Córdoba, el departamento paramilitar por excelencia donde el expresidente Uribe –simple coincidencia, por supuesto- tiene su hacienda El Ubérrimo.
Razón tiene La Silla Vacía al afirmar que Odebrecht se convirtió en “el Sigifredo de Néstor Humberto”, cuando un avezado delincuente de la más rancia estirpe uribista logra meterle el dedo en la boca acomodando una falacia con medias verdades y evidentes mentiras, en recuerdo de lo ocurrido con el fiscal Eduardo Montealegre, a quien varios testigos falsos le hicieron creer que el diputado Sigifredo López era un miembro más de la guerrilla que lo secuestró. (Ver artículo).
Durante el proceso 8.000 estuvieron desde la DEA hasta María Isabel Rueda (y las demás Marías) buscando desesperados la comprobación física de que el presidente Ernesto Samper sí sabía del dinero sucio que entró a su campaña. Y nunca la encontraron, hasta el día presente. Pero Mauricio Cabrera señala la prueba reina de que el señor Bula miente… y ningún medio se da por enterado.
Según la ‘confesión’ de Otto Bula fueron dos entregas de dinero las que le hizo a Andrés Giraldo en un maletín, luego de apropiarse de una comisión de 200 millones. Un millón de dólares al cambio de esa época eran 2.000 millones de pesos ya “monetizados”, o sea que Bula habría tenido que entregar 800 millones la primera vez y 1.000 millones la segunda, o 900 millones en cada una.
El busilis en la versión de este sujeto reside en que transportar semejante cantidad de dinero de ningún modo pasa desapercibido, motivo por el cual no habría podido ser un solo maletín popocho sino por lo menos dos tulas para levantar el peso de algo que si fuera en la más alta denominación, la de $50.000, correspondería a 20.000 billetes. Y así fuera la mitad: ¿carga alguien semejante cantidad de dinero con la tranquilidad de que no va a levantar ninguna sospecha y el ‘cruce’ va a quedar entre donante y receptor?
Lo que hoy cuesta entender del fiscal es ese afán de andar contando a los medios absolutamente todo lo que hace, piensa, supone, cavila, opina o investiga desde que se levanta hasta que se acuesta, en un ejercicio de vanidad que entorpece el desarrollo de la justicia y en últimas fue el causante del segundo ‘chorro de babas’ durante su cortísima gestión: el primero cuando se apresuró a declarar que en Navelena no hubo corrupción y al aparecer un préstamo de 120 mil millones de pesos del Banco Agrario hubo de retractarse, y la segunda en días pasados, cuando acogió como verdad el libelo de Bula que tan grave daño le hizo a la imagen de Colombia y a la del presidente Santos. Al día siguiente el inefable Martínez Neira metió un reversazo diciendo que "la prueba de entrega física de dinero a Roberto Prieto no la tiene la Fiscalía" (ver noticia), pero el daño ya estaba hecho. Como reza el refrán, “después del ojo afuera no hay Santa Lucía que valga”.
Antes de armar semejante tierrero Martínez Neira pudo haber ordenado pruebas tan obvias como revisar las cámaras del lugar en busca del momento de la entrega, o preguntarle al avieso incriminador de qué denominación eran los billetes, o dónde compró los dos maletines en los que transportó el dinero para sendas entregas. Al fiscal no le corresponde contar que al parecer de pronto, tal vez, quién quita, todo indica que quizás, etc. Lo que debe hacer es investigar con la discreción que le compete a la justicia, llegar a una conclusión en sus pesquisas y luego sí, con la responsabilidad inherente a la majestad del cargo, revelar el resultado de las averiguaciones.
Es la justicia-show en cuyas tentadores redes también cayó con la misma lujuria mediática el fiscal anterior, solo que éste comienza en forma precoz con un coitus interruptus de demoledoras consecuencias institucionales, que conduce a pensar que confunde sus facultades judiciales con las políticas. Es aquí cuando uno no logra dilucidar si se trató de una (otra) torpeza como la de cualquier precipitado amante, o si fue que al repartir la culpa por partes iguales en ambas campañas urdió una muy hábil carambola a dos bandas: fortalece una alianza a futuro entre Cambio Radical y el uribismo, y deja tendido en el camino del desprestigio a Juan Manuel Santos. ¿Quién habría sido entonces el verdadero traidor? Averígüelo Vargas...
Otto Bula sabe que está mintiendo pero no le preocupa, porque lo importante era cumplirle al patrón en lo de encochinar a todo el mundo y poner al país a mirar hacia otro lado. Puedo estar equivocado, pero conociendo el modus operandi mafioso de esa gentecita (por no decir gentuza), me atrevo a recelar que Bula citó a Andrés Giraldo a un restaurante para comprar un seguro en caso de que necesitara ‘untar’ a otros ante una eventual detención. Y fue ahora, ya en su celda, cuando puso a funcionar el seguro. Y el Fiscal cayó enterito.
DE REMATE: Si el senador Álvaro Uribe arremete contra periodistas de la derecha otrora aliados suyos como María Isabel Rueda o Mauricio Vargas y a la vez acusa al prestigioso Yamid Amat de hacer periodismo prepago para el gobierno Santos, debe ser porque en su desesperación siente pasos de animal grande o porque algo más poderoso que él (la JEP, por ejemplo) comienza a respirarle en la nuca. ¿O estaré pensando con el deseo…?
Por Amylkar D. Acosta M.- En estos últimos días los residentes y transeúntes de la Bogotá que se preciaba de estar 2.600 metros más cerca de las estrellas, acostumbrados a echar manos de las gabardinas, los abrigos, buzos y chaquetas de su perchero, han tenido que apelar a prendas veraniegas propias de calentanos, al tiempo que les ha tocado reemplazar los paraguas, que les servía para guarecerse de la inclemente lluvia, por las sombrillas para protegerse de los rayos de un sol canicular. El pasado 8 de febrero el termómetro marcó una temperatura de 25.1 grados Celsius, con una sensación térmica aún mayor, la más alta desde que se llevan registros hace 60 años.
Lo más preocupante de esta alarmante ola de calor es que no sólo no es coyuntural ni local, sino que es una tendencia en todo el orbe y se debe al calentamiento global, que tiene un impacto planetario. Como lo sostiene el columnista del Financial Times Martín Wolf, “no está ocurriendo ninguna desaceleración en los índices subyacentes de aumento de la temperatura”.
De hecho 2016 fue el año más cálido que se haya registrado en el mundo desde 1880, superando el record alcanzado en 2015, el cual superó el record anterior de 2014 en 0.3 grados. Aparentemente, la “pausa” del calentamiento global sólo duró 15 años, entre 1998 y 2013 y a lo mejor la temperatura promedio del 2017 llegue a superar la del año anterior. Las últimas tres décadas se destacan por ser las que se han caracterizado por las más altas temperaturas del Planeta, por encima de las décadas anteriores desde 1850. 16 de los 17 años más calientes en la historia han tenido lugar en este siglo (¡!). Se calcula en 22 millones el número de desplazados por desastres naturales causados por el mismo. La temperatura media global, según la Organización Meteorológica Mundial, ya supera 1.2 grados Celsius la de la era preindustrial, a apenas 0.8 grados de los 2 grados considerados como el punto de no retorno del apocalipsis al que puede precipitar el cambio climático a nuestro estragado Planeta.
No hay duda que existe una estrecha correlación entre la elevación de la temperatura promedio en el planeta Tierra y la creciente concentración de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera, así lo pudo comprobar el Panel Intergubernamental del Cambio climático de las Naciones Unidas, conocido por el acrónimo en inglés IPCC, integrado en 1988, al reconocer la validez de la teoría del “efecto invernadero” y conformado por más de doscientos expertos de todo el mundo. Con la revolución industrial se dispararon las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) y desde entonces su concentración en la atmósfera no ha hecho más que crecer exponencialmente. Según la Organización Meteorológica Mundial, coincidencialmente el 2015, uno de los más calurosos, fue el año en que la Tierra experimentó un mayor crecimiento de las emisiones de dióxido de carbono, de 3.05 partes por millón (ppm). El mayor incremento en 56 años de medición, superando por primera vez la barrera simbólica de las 400 ppm, para un crecimiento del 33% con respecto a la era preindustrial que nunca superó las 300 ppm. Es de anotar que en 2016 se batieron todos los records anteriores al sobrepasar peligrosamente el umbral de las 440 ppm. Por ello no es de extrañar que, según la Organización Mundial de la Salud (OMS) cada año se registran 7 millones de muertes prematuras atribuibles a la mala calidad del aire.
No hay duda de que el calentamiento global es una realidad y llegó para quedarse. El cambio climático que lo provoca y los “fenómenos” extremos de sequía e inundaciones que lo acompañan no obedece a ciclos, lo que permitiría su predicción, son, en cambio recurrentes e intempestivos. De allí que sea más apropiado hablar de desorden climático, pues llueve en verano y escasean las lluvias en la temporada invernal. Es más, nos atrevemos a decir que ya no podemos seguir registrando al Niño y a la Niña como “fenómenos”, porque dejaron de serlo para convertirse en la nueva normalidad.
El impacto y los estragos del calentamiento global no se han hecho esperar, de manera imperceptible primero y catastrófica después ha venido amenazando la sostenibilidad ambiental y comprometiendo la habitabilidad de este Planeta, sin que la humanidad tenga un Plan B porque no hay otro Planeta en el que podamos subsistir, por lo menos por ahora. Las sequías, las inundaciones, los incendios forestales y huracanes, cada vez más frecuentes e intensos, se han duplicado desde 1990. En el lapso comprendido entre 1996 y 2015 se presentaron 11 mil “fenómenos” extremos y devastadores, los cuales causaron más de 500 mil muertes aquí, allá y acullá. Se estima que de 8.688 especies amenazadas o cuasi-amenazadas de verse extinguidas un 20% lo son por cuenta del calentamiento global. La seguridad alimentaria, particularmente, tiene el cambio climático su mayor reto habida cuenta de que, según la FAO, para el año 2050 la población mundial superará los 9.000 millones de habitantes y para procurarle su congrua subsistencia la producción agropecuaria deberá crecer un 70%.
Cota, febrero 12 de 2017
Por Mauricio Cabrera Galvis.- La declaración del Fiscal de que “habrían” entrado dineros de Odebrecht a la gerencia de la campaña de Santos en el 2014 generó uno de esos fenómenos mediáticos típicos de la era de la posverdad: la opinión pública convirtió en un hecho real e indiscutible que esos dineros sí entraron, y por anticipado condenaron a los implicados, sin siquiera esperar a los resultados de las investigaciones de la justicia.
La pregunta relevante es por la veracidad de las declaraciones del excongresista Otto Bula, según las cuales él entrego a Andrés Giraldo, amigo de Roberto Prieto, gerente de la campaña de Santos, un millón de dólares en efectivo y en dos entregas de 500.000 dólares, ambas en un restaurante de un hotel en la calle 85 en el norte de Bogotá.
Sin pretender sustituir a la Fiscalía, existe una prueba elemental para determinar la veracidad de esas acusaciones: se trata de comprobar las condiciones de modo necesarias para entregar tales cantidades de dinero en efectivo.
Está demostrado que la entrega se hizo en pesos colombianos. Según la Fiscalía, “el señor Otto Bula tramitó durante el año 2014 dos giros hacia Colombia, que fueron monetizados en su momento, por la suma total de 1 millón de dólares…”. Ese año, esta suma equivalía a $2.000 millones, y cada una de las supuestas entregas fue por $1.000 millones.
Entonces, cabe preguntarse, ¿cuánto espacio ocupan $1.000 millones en billetes? ¿Cuánto pesan? ¿Qué tipo de maletas se necesita para transportarlos?
En las bolsas en que los bancos transportan el efectivo caben unos 8.000 billetes. Si son de $50.000 serían unos $400 millones por bolsa, y si son de $20.000 serían $160 millones. Como estas bolsas son unos 12 cm más grandes que un maletín de los que permiten llevar en la cabina de un avión, se puede estimar que en uno de esos maletines cabrían, en el mejor de los casos, unos $350 millones.
Si fuera cierta la entrega del dinero, el señor Bula ha debido entrar al restaurante por lo menos con tres maletines, y no hubiera pasado desapercibido.
Antes de dar por ciertas acusaciones temerarias y divulgarlas al mundo entero, la justicia debería por lo menos verificar hechos simples como el mencionado. Además, los bancos tienen la obligación de reportar las operaciones en efectivo superiores a $10 millones, de manera que resulta fácil identificar si alguien retiró esa cantidad de dinero. Pero en la era de la posverdad, parece que los hechos no importan.
Por Jorge Enrique Robledo.-El escándalo de corrupción de Odebrecht es de lo peor en la historia de un país en el que las corruptelas político-público-privadas son el pan de cada día. En razón de su resonancia, puede compararse con el Proceso Ocho Mil, cuando la plata de los narcotraficantes definió la elección presidencial de 1994.
Los hechos probados son gravísimos. El primero señala que estamos ante una trasnacional corrupta como la que más, a tal punto que su directiva confesó haber pagado 788 millones de dólares en sobornos a gobiernos de doce países, lo que la define más como asociación para delinquir que como empresa de infraestructura. Y también ha reconocido –aunque los casos y el monto pueden ser mayores– que en Colombia pagó once millones de dólares en coimas para asegurarse que en los gobiernos de Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos les adjudicaran los dos contratos de la Ruta del Sol (http://bit.ly/2klqwpF). Insistamos en que los sobornos no los paga Odebrecht sino los colombianos. Con los peajes, por ejemplo.
También está demostrado que entre los cómplices de sus corruptelas aparecen, por confesión de ellos mismos ante las autoridades de Brasil y Colombia, Duda Mendoza y Otto Bula, respectivamente. Y los dos denuncian que, con su intermediación, Odebrecht financió con millones de dólares las campañas presidenciales de Juan Manuel Santos y Germán Vargas Lleras, de una parte, y de Óscar Iván Zuluaga y Carlos Holmes Trujillo, de la otra. Ofende la inteligencia de los colombianos afirmar que esas platas pudieron beneficiar a los candidatos a la Presidencia mas no a sus vicepresidentes.
Las autoridades deberán establecer las realidades procesales y acusar y condenar a los culpables. Pero este proceso tropieza con una gran dificultad: en las dos campañas electorales se concentró el ciento por ciento del poder político que gobierna a Colombia desde 1990 por lo menos, más el sector privado que también ha hecho de las suyas en ese lapso. Luego estamos en una gran lucha entre quienes queremos que se establezca la verdad y quienes desean que triunfe el tapen-tapen, de manera que no caigan los peces gordos y los mismos sigan con lo mismo.
Muy mal cayó la decisión del Fiscal Néstor Humberto Martínez –el principal abogado del socio de Odebrecht en la Ruta del Sol y quien cuenta con el respaldo de la Unidad Nacional y el Centro Democrático– de trasladar al Consejo Nacional Electoral la investigación y decisión sobre los dineros de Odebrecht en las campañas de Santos y Zuluaga. Porque ese organismo carece de la capacidad técnica necesaria para adelantar las investigaciones y porque los dos sectores políticos afectados por el escándalo detentan el control político de dicho Consejo. Y preocupa más que en la Fiscalía las cosas evolucionen hacia convertir en una mera infracción por aportes a las campañas lo que empezó como un mayúsculo delito de soborno de una trasnacional para que el gobierno le otorgara contratos corruptos.
Los colombianos estamos mamados, ¡mamados!, con que a cada rato estallen escándalos como este y con que cada cuatro años se escoja de Presidente a uno de los mismos para que siga pasando lo mismo. De derrotar toda forma de tapen-tapen depende que el país empiece a salir del hueco oscuro en el que lo han sumergido.
Coletilla: Están de fiesta Carlos Urrutia, Néstor Humberto Martínez y los demás abogados “sofisticados” que defendieron las acumulaciones ilegales de tierras que fueron baldíos. Porque la Corte Constitucional, mediante la Ley de Zidres, le dio viso de legalidad a esas ilegalidades y porque, además, actuando en contra de su sentencia C-644 de 2012, decidió que los pobres del campo sí pueden ser despojados –mediante una argucia– del derecho constitucional que les otorgaba en exclusividad las tierras baldías del Estado. Sin duda, la peor ley de tierras que se recuerde. Otro caso de aprobación en llave entre la Unidad Nacional y el Centro Democrático, en el que Juan Manuel Santos logró lo que no pudo Álvaro Uribe, quien, en 2009, advirtió que no se atrevía a proponer en el Congreso una reforma como esta.
Bogotá, 10 de febrero de 2017.
Por Paul Krugman.- Apenas ha pasado una semana del régimen de Trump y Putin, y ya nos está costando trabajo llevar la cuenta de los desastres. ¿Recuerdan el berrinche de Trump sobre la multitud vergonzosamente escasa de su toma de protesta? Ya lo vemos como una cosa del pasado.
Pero me gustaría hacer una pausa, solo por un minuto, en la historia que acaparó las noticias el jueves, antes de ser superada, a lo Trump, por el escándalo en torno a prohibir a los refugiados la entrada al país. Como tal vez recuerden —o tal vez no, con tanta cosa descabellada sucediendo tan rápido— la Casa Blanca primero pareció decir que impondría aranceles del 20 por ciento a las importaciones de México, pero tal vez estaba hablando de un plan fiscal propuesto por los republicanos del congreso que no implica un arancel a productos mexicanos; después dijeron que era solo una idea para luego olvidarse del tema, al menos por ahora.
Por su crueldad, las habladurías sobre los aranceles no se comparan con cerrarle la puerta a los refugiados, nada más y nada menos que en el Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto. No obstante, la historia de los aranceles es un epítome del patrón que estamos viendo en este gobierno caótico: un patrón de disfunción, ignorancia, incompetencia y traición de la confianza.
La historia, como mucho de lo que ha sucedido últimamente, parece haber iniciado con el ego inseguro del presidente Trump: la gente se mofa de él porque México no pagará el muro inútil a lo largo de la frontera, tal como él prometió durante la campaña. Y así fue como su vocero, Sean Spicer, apareció ante los medios y declaró que el impuesto fronterizo a los productos mexicanos, de hecho, financiaría el muro. ¡Ahí tienen!
Sin embargo, como se apresuraron a señalar los economistas, el exportador no es quien paga los aranceles. Con algunas reservas menores, en esencia, son los compradores quienes los pagan, es decir, un arancel impuesto a los productos mexicanos sería un impuesto a los consumidores estadounidenses. Por ende, quien acabaría pagando el muro sería Estados Unidos, y no México.
Ups. No obstante, ese no era el único problema. Estados Unidos forma parte de un sistema de acuerdos —un sistema que construimos nosotros— que establece reglas para las políticas comerciales y una de las reglas clave es que los aranceles que se había acordado disminuir en las negociaciones previas no se pueden elevar unilateralmente.
Si a Estados Unidos se le ocurriera romper esta regla, las consecuencias serían graves. El riesgo no tendría tanto que ver con las represalias, aunque también está eso, sino con la imitación: si despreciamos las reglas, los demás harán lo mismo. El sistema de comercio en su totalidad podría comenzar a desbaratarse, con efectos tremendamente perturbadores en todos lados, incluyendo, en gran medida, la manufactura estadounidense.
¿De verdad la Casa Blanca planea tomar ese camino? Al concentrarse en las importaciones de México, Spicer dio esa impresión; sin embargo, también dijo que estaba hablando sobre “una reforma fiscal integral cuya finalidad era cobrar impuestos a las importaciones de países con los que tenemos un déficit comercial”. Esta pareció ser una referencia a un ajuste propuesto a los impuestos corporativos, que incluiría “impuestos fronterizos ajustables”.
La cosa es que ese ajuste no tendría para nada los efectos que él sugirió. No estaría dirigido a los países con los que tenemos déficits, y no hablo solo de México; también aplicaría a todo el comercio. Y no se trataría en realidad de un impuesto a las importaciones.
Para ser honestos, este es un punto ampliamente malinterpretado. Muchas personas que deberían saber mejor lo que hacen creen que los impuestos al valor agregado, que imponen muchos países, desalientan las importaciones y subsidian las exportaciones. Spicer hizo eco de esa malinterpretación.
Sin embargo, los impuestos al valor agregado son, en esencia, impuestos nacionales sobre las ventas, que no desalientan ni fomentan las importaciones (sí, las importaciones acaban pagando ese impuesto, al igual que los productos locales).
El cambio propuesto a los impuestos corporativos, aunque en cierto sentido difiere del impuesto al valor agregado, tendría, de igual modo, un efecto neutral en el comercio. Esto quiere decir en específico que, si algo no lograría, es hacer que México pague el muro.
Lo que menciono aquí es un tanto técnico; consulten mi blog para mayor información. Pero ¿no se supone que el gobierno estadounidense entendería bien las cosas antes de lanzar lo que suena como una declaración de guerra comercial?
En resumen: el Secretario de Prensa de la Casa Blanca dio lugar a una crisis diplomática al intentar proteger al presidente de hacer el ridículo en cuanto a su fanfarronería, hecha tan a la ligera. En el proceso, demostró que nadie con autoridad sabe de economía básica. Después trató de recular en todo lo que dijo.
Todo esto debería interpretarse en el más amplio contexto de la credibilidad en picada de Estados Unidos.
Nuestro gobierno no siempre ha hecho lo correcto, pero sí había cumplido sus promesas, tanto a las naciones como a las personas. Ahora todo eso está en duda.
Todo el mundo, desde las naciones pequeñas que creían estar protegidas de la agresión rusa hasta los empresarios mexicanos que pensaron que tenían acceso garantizado a nuestros mercados, así como los intérpretes iraquíes que pensaron que el servicio que prestan a Estados Unidos significaba una garantía de asilo, ahora tienen que preguntarse si se les tratará como a los engañados proveedores de un hotel de Trump.
Esta es una gran pérdida. Y, muy probablemente, irreversible.
Por Moisés Naim.- El populismo no es una ideología. Es una estrategia para obtener y retener el poder. Siempre ha existido, pero en los últimos tiempos ha reaparecido con fuerza, potenciada por Internet y por las frustraciones de sociedades abrumadas por el cambio, la precariedad económica y una amenazante inseguridad ante lo que deparará el futuro.
Una de las sorpresas del populismo es cuán comunes son sus ingredientes, a pesar de que los líderes que lo ejercen y los países donde lo imponen son muy diferentes. El populismo hoy reina en la Rusia de Vladímir Putin y en la América de Donald Trump, la Turquía de Recep Tayyip Erdogan y la Hungría de Viktor Orbán, entre muchos otros. En todos vemos cuatro tácticas principales:
Divide y vencerás. El líder y su gobierno se presentan como los defensores del noble pueblo —el populus— maltratado y atropellado. Los populistas se nutren del “nosotros contra ellos”: el pueblo contra la casta, la élite, la oligarquía, el 1% o, en Europa, contra “Bruselas” y en Estados Unidos contra “Washington”.
Los populistas más exitosos son virtuosos del arte de exacerbar las divisiones y el conflicto social: entre clases, razas, religiones, regiones, nacionalidades y cualquier otra brecha que pueda ser ensanchada y convertida en indignación y furia política. Los populistas no temen jugar con fuego y avivar el conflicto social; por el contrario, lo necesitan.
Deslegitimar y criminalizar a la oposición. Exagerar la mala situación del país y magnificar los problemas es indispensable. El mensaje central del populista es que todo lo que hicieron los gobiernos anteriores es malo, corrupto e inaceptable. El país necesita urgentemente cambios drásticos y el líder populista promete hacerlos. Y quienes se oponen a sus cambios no son tratados como compatriotas con ideas diferentes, sino como apátridas a quienes hay que borrar del mapa político.
La criminalización de los rivales es una táctica común de populistas y autócratas. Uno de los lemas más populares en los mítines de la campaña de Donald Trump fue “enciérrenla”, refiriéndose a la amenaza de encarcelar a Hillary Clinton. En Rusia, Turquía, Egipto o Venezuela estas amenazas contra líderes de la oposición no se quedan en eslóganes.
Denunciar la conspiración internacional. El populismo requiere de enemigos externos. Este es un viejo truco que, tristemente, suele dar dividendos políticos a corto plazo aunque luego acabe en tragedias. El enemigo externo puede ser un país —para el presidente Trump son China o México, por ejemplo— o un grupo. Víktor Orbán, el primer ministro húngaro, ha dicho que “los inmigrantes son violadores, ladrones de empleos y un veneno para la nación” y construyó un muro para mantenerlos fuera. Para Vladímir Putin, Estados Unidos estuvo detrás de las “revoluciones coloradas” que sacudieron a Europa oriental y llegaron a las calles de Moscú en 2011. Putin también denuncia regularmente a la OTAN.
Con frecuencia estos enemigos extranjeros suelen ser presentados como aliados de la oposición doméstica. Por ejemplo, el presidente de Turquía ha explicado que el fallido golpe de Estado en su contra el año pasado fue una conspiración orquestada por Fetulá Gülen, un clérigo musulmán radicado en Estados Unidos que tiene una amplia base de seguidores en Turquía. Según Erdogan, el golpe también contó con el apoyo de militares estadounidenses. Cuando a los populistas las cosas en casa les comienzan a ir mal suelen provocar conflictos internacionales que sirvan de distracción. Este es el gran peligro que significa tener a Donald Trump como jefe supremo de las fuerzas armadas más poderosas que ha conocido la humanidad.
Desprestigiar a periodistas y expertos. “¡Este país está harto de expertos!”. Así reaccionó Michael Gove, uno de los líderes del Brexit, ante un informe de varios economistas que documentaron los costos que tendría para Reino Unido la salida de la Unión Europea. Para Donald Trump no importa que el calentamiento global haya sido confirmado por miles de científicos. Él sostiene que es una conspiración de China. El presidente de EE UU también piensa que el autismo es causado por las vacunas y no le importa que esa sea una teoría completamente falsa.
Pero el desdén que tienen los populistas por la ciencia, los datos y los expertos no es nada comparado con el desprecio que sienten por los periodistas. Desprecio que en algunos países conduce a la cárcel, a las palizas y, en ciertos casos, al asesinato. El hecho es que tanto los científicos como los periodistas obtienen datos y documentan situaciones que suelen chocar con la narrativa que les conviene a los populistas. Y cuando eso pasa, nada es mejor que descalificar —o eliminar— al mensajero.
Ninguna de estas tácticas es nueva. Lo sorprendente es su actual renacimiento en un mundo donde se esperaba que la democracia, la educación, la tecnología, las comunicaciones y el progreso social hicieran más difícil su éxito.
Por Rafael Rojas.- Los grandes proyectos de la izquierda latinoamericana en el siglo XX —la Revolución Mexicana, el varguismo y el peronismo, la Revolución Cubana, el gobierno de Unidad Popular de Salvador Allende, la Revolución Sandinista—, dejaron un saldo geopolítico disparejo. Todos, de una u otra forma, aplicaron la doctrina realista de las relaciones internacionales e intentaron equilibrar la hegemonía de Estados Unidos, acercándose a otros poderes mundiales.
Con la Revolución Cubana, en el arranque de la Guerra Fría, aquel realismo fue rebasado por medio, ya no de una aproximación sino de una alianza orgánica con el bloque soviético, rival de Estados Unidos y las democracias occidentales. El socialismo cubano fue el único de aquellos proyectos que dio ese salto, ya que Allende y los sandinistas, por ejemplo, que llegaron al poder con la ayuda de Cuba, intentaron preservar una red internacional más amplia.
No quiere esto decir que Fidel Castro y el Gobierno cubano carecieran del realismo de los mexicanos, los chilenos y los nicaragüenses —el propio Castro recomendó a los sandinistas no “ir tan rápido”—. El proyecto cubano también fue realista, como evidencian sus entendimientos con el franquismo, la dictadura militar argentina o algún que otro gobierno neoliberal. Pero se trató de un realismo subordinado a la reproducción de un enclave ideológico.
En el nacionalismo revolucionario mexicano o en el populismo peronista argentino, los principios se subordinaban al interés nacional. Tras la expropiación petrolera de Shell y Standard Oil, Lázaro Cárdenas agenció la normalización diplomática con Gran Bretaña y Estados Unidos. En Cuba se eligió otro camino, el de la inscripción en la órbita adversaria. Allí el pragmatismo alentó la adaptación a los intereses de una comunidad específica, la URSS y los socialismos reales de Europa del Este, que no siempre respondían a las necesidades domésticas de Cuba.
En la primera década del siglo XXI, cuando los dos principales proyectos políticos de la izquierda, el de Hugo Chávez en Venezuela y el de Lula da Silva en Brasil, se perfilaron, volvió a reproducirse la tensión interna de la geopolítica regional. Chávez, de la mano de Castro, intentó conectar a los gobiernos del ALBA con una variopinta red contrahegemónica —Rusia, Irán, Libia, Corea del Norte…—, mientras Lula mantenía buenos vínculos con George W. Bush y Barack Obama e impulsaba los BRICS, tal vez la iniciativa más emblemática de la colaboración Sur-Sur en el siglo XXI.
El dilema de la geopolítica de la izquierda latinoamericana no es entre idealismo y realismo (los más ideológicos también son pragmáticos), sino entre finalidades divergentes de la política exterior. La izquierda bolivariana ha construido redes internacionales para reproducir el autoritarismo doméstico y no para diversificar destinos comerciales o fuentes de inversión y crédito o para aprovechar los vínculos estratégicos con Europa y Asia. |
Por José Gregorio Hernández.-La historia de los Estados Unidos de América no había registrado momentos tan difíciles para un presidente de la República, y para la estabilidad del sistema, como ocurre con Donald Trump. Un hombre sin experiencia administrativa, y menos gubernamental -como lo ha demostrado en pocos días desde su toma de posesión-, que carece también de una elemental perspectiva acerca de lo que significa el cargo que desempeña y sobre las graves repercusiones, no solamente nacionales sino mundiales, de las controvertibles y controvertidas decisiones que está adoptando.
Un verdadero estadista, en especial en un sistema democrático -como se piensa que es el vigente en los Estados Unidos de América desde 1787- no se precipita, como lo viene haciendo Trump, a proferir, una tras otra, resoluciones u órdenes ejecutivas de aplicación inmediata en materias que -por su misma naturaleza, por su contenido marcadamente discriminatorio y por los efectos multiplicadores que tienen en el campo jurídico, en el político, en el internacional, en el económico y especialmente en el terreno social-, tendrían que haber sido estudiadas, sopesadas, analizadas y discutidas fríamente en el interior del Gobierno, frente a la Constitución y en relación con las actuales y sentidas necesidades de la sociedad norteamericana en su conjunto, y del mundo entero, y sobre todo respecto a los derechos -inclusive fundamentales- que están de por medio y que pueden resultar afectados, más allá de satisfacer el apetito de poder del gobernante.
La presidencia de los Estados Unidos no equivale a una monarquía. Hay allí todo un conjunto de centenarias instituciones que desarrollan los conceptos y principios democráticos y que han sido aplicadas durante más de dos siglos, sin mayores discusiones. Corresponden al sentimiento constitucional de la ciudadanía, aunque muchos de sus integrantes hayan sufragado válidamente por la "opción Trump”, quizá cansados por un prolongado estado de cosas que, de buena fe, quisieron cambiar; que habrían querido modificar para satisfacer derechos y expectativas reales y prácticas; pero que ahora perciben, en el nuevo gobernante, más una egoísta y desenfrenada actitud de arbitrariedad y dominio que un legítimo interés en el bien común. Como si, en vez de haber derivado su poder de la decisión soberana del pueblo en un Estado de Derecho, hubiese recibido un mandato de lo alto, similar a los de los arbitrarios monarcas de la Edad Media.
Reitero lo dicho en estos días en la columna radial “Punto de referencia”:
“En apenas diez días al frente de la Casa Blanca, Donald Trump ha mostrado -eso sí, cumpliendo lo prometido en la campaña presidencial- que no conoce ni de lejos conceptos indispensables en un estadista: la prudencia, la diplomacia, el buen trato, la consideración y ponderación de todos los elementos en juego, la proporcionalidad y la razonabilidad de las medidas. Él confunde la firmeza con la arbitrariedad, la autoridad con el despotismo y el respeto con el miedo.
Seguramente, en su interior, sabe que está haciendo las cosas mal, pero considera necesario sostenerse, sea como sea, porque es el Presidente, y en su concepto, una vez ha juramentado, es una especie de monarca elegido por cuatro años, quizá -pensará- con la posibilidad de permanecer en el gobierno por cuatro más, lo que, en su concepto, conseguirá con el dinero”.
Está muy equivocado, y debe revisar a fondo el camino trazado a su administración. Está todavía a tiempo.
Por Jorge Gómez Pinilla. Tomado del El Espectador.- En lo del muro Trump nos recuerda a Goyeneche, desquiciado personaje bogotano de los años 60 al que los estudiantes de la Nacional adoptaron como su ‘mascota’ política, quien en su delirio creativo proponía cosas como ponerle marquesina a Bogotá para protegerla de las inundaciones, o pavimentar el río Magdalena para convertirlo en una autopista, o construir todas las carreteras en bajada para ahorrar combustible. Si comparamos sus promesas de campaña con la delirante construcción del muro fronterizo, la única diferencia real entre ambos estaría en que a Goyeneche nunca lo eligieron Presidente de Colombia.
Tiene la misma significación histórica el momento en que a alguien se le ocurre atravesarle un muro infame a su país para impedir a la brava la entrada de mexicanos, como 15 años atrás lo tuvo la destrucción de las Torres Gemelas a manos de un grupo de musulmanes fanáticos que ofrendaron sus vidas a Alá estrellando contra ellas dos aviones repletos de ‘infieles’.
En la misma dimensión mental de un yihadista, Trump encarna el pensamiento del fanático que cree que solo él tiene la razón y que quien obre o piense diferente merece ser pisoteado o humillado, y eso lo hace aún más peligroso. Es cuando uno se pregunta –aterrado- si será que la otrora ejemplar democracia norteamericana posee los suficientes controles para evitar que un maniático de ese caletre administre el poder en función de satisfacer su personal egolatría, como un niño con su juguete preferido. Aquí salta de nuevo la comparación con el nacionalsocialismo, sólo que ahora se tendría que hablar de ‘nacionalcapitalismo’, personificado ya no en el hombre del bigotito cuadrado sino en el del alocado copete rubio.
No soy partidario del atentado personal, así más de uno piense que Trump lo está propiciando o que el bienestar de EE UU lo merece, pero abrigo la esperanza de que le ocurra como al brevísimo presidente de Ecuador Abdalá Bucaram, quien reunía el mismo perfil psicológico histriónico y gobernó a su país del 10 de agosto de 1996 al 6 de febrero de 1997, escasos seis meses, hasta el día en que el Congreso lo destituyó aludiendo "incapacidad mental para gobernar".
En EE UU suena todavía estrambótico decir que su presidente es Donald Trump, pues se requiere estar zafado de sus cabales para persistir en la terquedad de enmallar o fortificar 2.150 de los 3.200 kilómetros de frontera que separan a Estados Unidos de México, de los cuales 1.050 ya presentan algún tipo de barrera que impide el paso de personas o vehículos (mas no de túneles…).
Solo en costos la construcción de apenas 660 kilómetros de barrera costaría unos 11.400 millones de dólares, según estimativo del WOLA, Washington Office on Latin America. Sea como fuere, el meollo no está ahí sino en que el desplazamiento de paneles prefabricados de concreto y reforzados con barras de acero presenta un desafío logístico insuperable: se requieren vías pavimentadas por zonas agrestes y centenares de estaciones en medio de la más variada geografía para moldear el concreto, sin mencionar la contratación de un ejército de trabajadores quizá superior al que se requirió para la construcción de las pirámides de Egipto y solo equiparable a la Muralla China, construida durante centenares de años y con millones de pérdidas humanas, por fatiga o cansancio.
Al margen de cómo reaccionarán los norteamericanos cuando se estrellen de frente con la inutilidad de tan absurdo proyecto, hasta ahora Trump ha contado a favor con que el presidente Enrique Peña Nieto (EPN) respondió a su bofetada poniendo la otra mejilla. Ello ha contribuido a hacer aún más deshonrosa la ofensa al pueblo mexicano, comenzando por la impresentable invitación al Palacio de Los Pinos en agosto del año pasado, pasando por la afanada extradición del ‘Chapo’ Guzmán para tratar de complacer al nuevo amo, y rematando con el portazo en la nariz que recibió EPN cuando anunció visita a su agresor y este le respondió con un simple trino: "Si México no quiere pagar el muy necesitado muro, mejor que cancele su próxima visita".
Sin caer en el incómodo harakiri al que acude un guerrero samurái cuando rompe su código de honor, si yo fuera el presidente de México actuaría con la dignidad que corresponde y rompería relaciones, no propiamente con Estados Unidos sino con su Presidente, hasta el día que lo destituya el Congreso o decida echar atrás la construcción de ‘esa maldita pared’, para decirlo en modo boricua.
Es cierto que romper relaciones sería como meter a todos los mexicanos en huelga de hambre y en lo económico traería consecuencias insospechadas, pero tan drástica decisión contaría con el apoyo de la mayoría numérica que votó por Hillary Clinton (2’865.075 votos más que Trump) y de la mayoría de países que componen las Naciones Unidas –quizá con la solitaria excepción de Israel- y la presión internacional forzaría a una recomposición de las relaciones entre México y Estados Unidos, de las que no se puede esperar nada peor… porque peor no pueden estar.
Hasta el sentido común pareciera advertir que el rompimiento de relaciones es la vía más firme, consecuente y digna –diríase incluso obligada- para rescatar el orgullo herido de una nación soberana. A no ser, claro está, que México prefiera seguir soportando las humillaciones que faltan.
¿Tienen los mexicanos parte de culpa en lo que hoy les pasa? Pos pa’ qué les digo que no si sí… si eligen de Presidente a un caribonito que cuando le preguntan por los tres libros que marcaron su vida solo acierta a mencionar la Biblia, se equivoca cuando le adjudica a Enrique Krauze la autoría de ‘La Silla del Águila’ (de Carlos Fuentes) y no logra completar el tercero. (Ver video).
DE REMATE: Craso error cometería Simón Gaviria si acepta ser la fórmula de Germán Vargas Lleras. A eso se le conoce como recibir el abrazo del oso. Razón tiene Rodrigo Llano cuando dice que se le ve desesperado, pues le ha ofrecido también la Vicepresidencia a Iván Duque y Lucho Garzón, y nadie acepta. ¿Candidatura en barrena? Averígüelo Vargas...
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